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Las 50 mejores novelas históricas de siempre
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Se entiende por novela histórica aquella que, siendo una obra de ficción, recrea un periodo histórico preferentemente lejano y en la que forman parte de la acción personajes y eventos no ficticios. Debe distinguirse por tanto entre la novela histórica propiamente dicha, que cumple estas condiciones, y la novela de ambientación histórica, que presenta personajes y eventos ficticios ubicados en un pasado con frecuencia remoto. Puede establecerse una distinción más con lo que se ha denominado la historia novelada, en que la historia es narrada con estrategias propias de la novela, aunque sin incluir elementos de ficción.
En esta enrada en pdf, presentamos un listado de las que muchos aficionados a este genero, consideran han sido los mejores aportes.
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miércoles, 21 de agosto de 2019
IDEA DE TURISMO
IDEA DE TURISMO
Con las tecnologías informáticas es muy posible que la idea del turismo sostenible se difunda y logre ocupar espacios mas populares y si ello se acompaña con algún aporte desde las escuelas las cosas serán mas fáciles para el turismo sustentable y para las comunidades, que tendran material de estudio, para sus desarrollos, Y lo mas importante: que se concreten emprendimientos turísticos vinculados con las comunidades y los pequeños pueblos.
Algunos apuntes sobre la idea de turismo sostenible remarcan la importancia del patrimonio cultural, el que puede ser tangible e intangible, que para el caso de nuestras pequeñas comunidades es una excelente oportunidad de generar ingresos, para las mismas, ya que no solo pueden beneficiarse las grandes ciudades. Es mas, el modelo propuesto desde los organismos internacionales apunta mas a las pequeñas comunidades que pueden brindar un producto de calidad y de primera mano, porque no se trata de una galería de imagenes o del acervo de un museo, sino de cultura e historia viva, generalmente vinculada estrechamente con la naturaleza.
Un nuevo año, las mismas hojas que caerán del calendario pero 2016 promete ser el inicio de una época de cambios para el turismo en España. Una época de mudanzas en las que tendremos que repensar un poco el papel que juega el turismo como una de las actividades económicas más importantes y su relación con las personas que habitan esas ciudades tan atractivas y divertidas. Este nuevo año puede ser crucial para eso que se ha llamado turismo sostenible’ y que trata de poner en valor y en perspectiva de conjunto una actividad que significa tanto para tanta gente.
¿De qué hablamos cuando nos referimos a ‘turismo sostenible’?
Para acercarnos a una idea formulada de forma correcta, podemos consultar un buen documento redactado por Miguel Angel Troitiño Vinuesa, en el que relata la naturaleza transversal del fenómeno turístico y su relación con las ciudades patrimonio de la Humanidad.
Primero queremos recordar que España es el tercer país con más monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, solo por detrás de Italia y China. La historia acumulada en la Península ha dejado numerosas muestras de arte mueble y ciudades que reflejan el esplendor y la decadencia de la historia europea.
La experiencia de combinar el fenómeno turístico con el atractivo de estas ciudades y monumentos cambió para siempre el concepto de patrimonio: los conjuntos patrimoniales pasaron de ser considerados una carga para las arcas de una ciudad (monumentos antiguos, caros en su mantenimiento y que limitaban actividades expansivas como la construcción) a una fuente de ingresos más o menos estacionaria y, sobre todo, una marca de distinción en un mundo globalizado en el que cada vez es más complicado distinguir una urbe de otra.
Los perfiles urbanos reconocibles, los palacios renacentistas, las apretadas calles medievales, las ramblas, los museos, las antiguas capitales…Las ciudades españolas han participado del turismo cultural o artístico desde el siglo pasado y los resultados son desiguales: encontramos ciudades saturadas porque el incremento de visitantes no se acompasó con el incremento de infraestructuras que pudiesen gestionar ese incremento poblacional en determinadas épocas del año.
Para conjurar estos peligros derivados de la falta de planificación turística en entornos declarados como Patrimonio de la Humanidad, la previsión y la planificación estable y continuada son clave. Repasamos las áreas clave en el desarrollo del turismo sostenible según Troitiño, si tenemos en cuenta la cadena del fenómeno turístico y su impacto en una localidad:
Acogida física: para medir el impacto del turismo en un entorno urbano o rural, debemos medir el número de visitantes a partir del que se ven afectados los recursos naturales y los recursos culturales se ven afectados negativamente.
Acogida económica: si rompemos el equilibrio entre recursos necesarios para la población fija y la eventual, rompemos el equilibrio entre actividades y tenemos un modelo de turismo insostenible.
Acogida social: a tenor de la rotura entre la atención a los turistas y las necesidades de la población, , es posible que los habitantes de una ciudad o zona turística perciban turismo como invasión
Acogida cultural cuando, por la presión excesiva o por estrategias de comercialización y gestión incorrectas, la cultura local se banaliza y se pierde la esencia que hacía de ese lugar algo único.
Si superamos los límites de la acogida en cualquiera de sus dimensiones, la gallina de los huevos de oro se nos extingue, pero también debemos establecer unos umbrales claros en los que reconocer los síntomas del agotamiento en una actividad económica como el turismo, que necesita cuidados y renovación casi de forma permanente. Tener unas determinadas zonas de una ciudad con un índice de ocupación alto durante doce semanas al año aún no es sinónimo de saturación, aunque pueda complicar un poco el tránsito a los residentes.
¿De qué hablamos cuando nos referimos a ‘turismo sostenible’?
Para acercarnos a una idea formulada de forma correcta, podemos consultar un buen documento redactado por Miguel Angel Troitiño Vinuesa, en el que relata la naturaleza transversal del fenómeno turístico y su relación con las ciudades patrimonio de la Humanidad.
Primero queremos recordar que España es el tercer país con más monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, solo por detrás de Italia y China. La historia acumulada en la Península ha dejado numerosas muestras de arte mueble y ciudades que reflejan el esplendor y la decadencia de la historia europea.
La experiencia de combinar el fenómeno turístico con el atractivo de estas ciudades y monumentos cambió para siempre el concepto de patrimonio: los conjuntos patrimoniales pasaron de ser considerados una carga para las arcas de una ciudad (monumentos antiguos, caros en su mantenimiento y que limitaban actividades expansivas como la construcción) a una fuente de ingresos más o menos estacionaria y, sobre todo, una marca de distinción en un mundo globalizado en el que cada vez es más complicado distinguir una urbe de otra.
Los perfiles urbanos reconocibles, los palacios renacentistas, las apretadas calles medievales, las ramblas, los museos, las antiguas capitales…Las ciudades españolas han participado del turismo cultural o artístico desde el siglo pasado y los resultados son desiguales: encontramos ciudades saturadas porque el incremento de visitantes no se acompasó con el incremento de infraestructuras que pudiesen gestionar ese incremento poblacional en determinadas épocas del año.
Para conjurar estos peligros derivados de la falta de planificación turística en entornos declarados como Patrimonio de la Humanidad, la previsión y la planificación estable y continuada son clave. Repasamos las áreas clave en el desarrollo del turismo sostenible según Troitiño, si tenemos en cuenta la cadena del fenómeno turístico y su impacto en una localidad:
Acogida física: para medir el impacto del turismo en un entorno urbano o rural, debemos medir el número de visitantes a partir del que se ven afectados los recursos naturales y los recursos culturales se ven afectados negativamente.
Acogida económica: si rompemos el equilibrio entre recursos necesarios para la población fija y la eventual, rompemos el equilibrio entre actividades y tenemos un modelo de turismo insostenible.
Acogida social: a tenor de la rotura entre la atención a los turistas y las necesidades de la población, , es posible que los habitantes de una ciudad o zona turística perciban turismo como invasión
Acogida cultural cuando, por la presión excesiva o por estrategias de comercialización y gestión incorrectas, la cultura local se banaliza y se pierde la esencia que hacía de ese lugar algo único.
Si superamos los límites de la acogida en cualquiera de sus dimensiones, la gallina de los huevos de oro se nos extingue, pero también debemos establecer unos umbrales claros en los que reconocer los síntomas del agotamiento en una actividad económica como el turismo, que necesita cuidados y renovación casi de forma permanente. Tener unas determinadas zonas de una ciudad con un índice de ocupación alto durante doce semanas al año aún no es sinónimo de saturación, aunque pueda complicar un poco el tránsito a los residentes.
El turismo sostenible trata de equilibrio, de diversificar, de acompasar una actividad económica al resto de la ciudad y en que los beneficios del turismo reviertan de forma notable en la vida cotidiana de todas y todos, no tan solo de los interesados.
Una ciudad patrimonio de la humanidad no puede vivir tan solo del monumento que le dio la fama y el reconocimiento. Si concentramos el grueso de los visitantes; se debe apostar por una lectura urbana del mapa de la ciudad y que se resalten más lugares y recursos que pueden quedar eclipsado tras la grandiosidad del monumentos estrella.
Una ciudad saturada por el turismo es una ciudad que, en primer lugar, ya ha dado la espalda a sus propios ciudadanos: las infraestructuras integradoras, los programas de actividades socioculturales, una buena red de transporte público, las políticas de vivienda accesibles en todos los puntos de la urbe…Todo esto, y más, construye una ciudad acogedora y amable para los habitantes, así que, ¿cómo no va a ser atractiva para los turistas?
A veces nos encontramos con la idea de parque temático para referirnos a un espacio turístico que ha perdido su identidad en favor de las ofertas y la espectacularidad. En ocasiones se aplica de forma poco adecuada a lugares en los que el turismo es la única actividad económica funcional ya que el resto de negocios e iniciativas se han visto expulsadas del entorno por diferentes motivos. Un antídoto contra la espectacularidad y el excesivo dominio delas multinacionales es adecuar el espacio urbano a la mayor diversidad económica posible: comercio, artesanías, actividades administrativas, residencia, etc…Un entorno vivo conjura los demonios de la cultura hueca. Una sobreoferta de equipamientos culturales o de infraestructuras turísticas acaba por producir una saturación insostenible.
El turismo sostenible pasa, obviamente, por el cuidado extremo hacia los monumentos que convierten a una ciudad en un centro turístico, así como por facilitar el acceso a estos monumentos. Se trata de la imagen mental que perdurará en el recuerdo de los turistas y si no se accede correctamente o no se facilita el conocimiento profundo sobre los monumentos, no servirá de nada que nos gastemos mucho en publicidad o en ofertas. Tener patrimonio es importante, pero no es suficiente para ser un destino turístico de calidad.
Por último, un destino de calidad y sostenible cuenta con un plan que aúna las necesidades de la población y la voluntad de convertirse en un centro de acogida turística relevante. Es la gente de una ciudad la que tiene que querer esta salto y tiene que verse integrada en él, no desplazada. Las políticas urbanísticas, las culturales y las de estrategia turística tiene que coordinarse en organismos neutrales, como los consorcios o los centros de gestión urbana, que garanticen que las infraestructuras necesarias sean sostenibles para toda la población. Hablamos, en fin, de esa conjunción entre el liderazgo institucional, la concertación empresarial y la participación social.
Esta entrada es un primer esbozo sobre una idea amplia como es el turismo sostenible. Lo importante es entender que todos contamos a la hora de mantener una actividad económica que reporta beneficios a la ciudad pero que debe hacer partícipes a los ciudadanos.
¿Cómo os imagináis vosotros el turismo ideal en vuestra ciudad?
Una ciudad patrimonio de la humanidad no puede vivir tan solo del monumento que le dio la fama y el reconocimiento. Si concentramos el grueso de los visitantes; se debe apostar por una lectura urbana del mapa de la ciudad y que se resalten más lugares y recursos que pueden quedar eclipsado tras la grandiosidad del monumentos estrella.
Una ciudad saturada por el turismo es una ciudad que, en primer lugar, ya ha dado la espalda a sus propios ciudadanos: las infraestructuras integradoras, los programas de actividades socioculturales, una buena red de transporte público, las políticas de vivienda accesibles en todos los puntos de la urbe…Todo esto, y más, construye una ciudad acogedora y amable para los habitantes, así que, ¿cómo no va a ser atractiva para los turistas?
A veces nos encontramos con la idea de parque temático para referirnos a un espacio turístico que ha perdido su identidad en favor de las ofertas y la espectacularidad. En ocasiones se aplica de forma poco adecuada a lugares en los que el turismo es la única actividad económica funcional ya que el resto de negocios e iniciativas se han visto expulsadas del entorno por diferentes motivos. Un antídoto contra la espectacularidad y el excesivo dominio delas multinacionales es adecuar el espacio urbano a la mayor diversidad económica posible: comercio, artesanías, actividades administrativas, residencia, etc…Un entorno vivo conjura los demonios de la cultura hueca. Una sobreoferta de equipamientos culturales o de infraestructuras turísticas acaba por producir una saturación insostenible.
El turismo sostenible pasa, obviamente, por el cuidado extremo hacia los monumentos que convierten a una ciudad en un centro turístico, así como por facilitar el acceso a estos monumentos. Se trata de la imagen mental que perdurará en el recuerdo de los turistas y si no se accede correctamente o no se facilita el conocimiento profundo sobre los monumentos, no servirá de nada que nos gastemos mucho en publicidad o en ofertas. Tener patrimonio es importante, pero no es suficiente para ser un destino turístico de calidad.
Por último, un destino de calidad y sostenible cuenta con un plan que aúna las necesidades de la población y la voluntad de convertirse en un centro de acogida turística relevante. Es la gente de una ciudad la que tiene que querer esta salto y tiene que verse integrada en él, no desplazada. Las políticas urbanísticas, las culturales y las de estrategia turística tiene que coordinarse en organismos neutrales, como los consorcios o los centros de gestión urbana, que garanticen que las infraestructuras necesarias sean sostenibles para toda la población. Hablamos, en fin, de esa conjunción entre el liderazgo institucional, la concertación empresarial y la participación social.
Esta entrada es un primer esbozo sobre una idea amplia como es el turismo sostenible. Lo importante es entender que todos contamos a la hora de mantener una actividad económica que reporta beneficios a la ciudad pero que debe hacer partícipes a los ciudadanos.
¿Cómo os imagináis vosotros el turismo ideal en vuestra ciudad?
MRTURISMO.COM
Este nuevo año puede ser crucial para eso que se ha llamado turismo sostenible y que trata de poner en valor y en perspectiva de conjunto esta actividad.
IDEA DE LA HISTORIA
IDEA DE LA HISTORIA
Cuando Francis Fukuyama decidio anunciar EL FIN DE LA HISTORIA (
El fin de la Historia y el último hombre
Libro de Francis Fukuyama
El fin de la Historia y el último hombre es un libro de Francis Fukuyama de 1992. Fukuyama expone una polémica tesis: la Historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras... Wikipedia) no se imaginaba que ese muerto viviente podría seguir dando retoños: Y de qué manera!, casi podría decirse que el estado liberal degeneró en las mas diversas de las formas y apenas dibuja sus perfiles, mientras la historia sigue narrando las crisis, los éxitos y los fracasos de los nuevos estados que sucedieron al liberal y que no dejan de mutar, incluso de enfrentarse entre ellos.
El fin de la Historia y el último hombre
Libro de Francis Fukuyama
El fin de la Historia y el último hombre es un libro de Francis Fukuyama de 1992. Fukuyama expone una polémica tesis: la Historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras... Wikipedia) no se imaginaba que ese muerto viviente podría seguir dando retoños: Y de qué manera!, casi podría decirse que el estado liberal degeneró en las mas diversas de las formas y apenas dibuja sus perfiles, mientras la historia sigue narrando las crisis, los éxitos y los fracasos de los nuevos estados que sucedieron al liberal y que no dejan de mutar, incluso de enfrentarse entre ellos.
Con los libros de los pensadores de la Historia parece ocurrir lo mismo, por cuanto, en algunos casos, autores fallecidos, publican nuevos libros, sobre la base de manuscritos y la edición de personas interesadas en continuar su obra. Mas una cantidad de nuevos autores y de documentos de investigación que se ofrecen en la tendencia que surgió del ejemplo del código abierto. Todo ello haciendo la salvedad que las personas o autores que no lograron hacer el duelo por sus pérdidas ideológicas, como dice Fontana, suelen buscar un nuevo ámbito (o nuevos patrones).
De todas formas el acceso a los autores o a los investigadores y sus producciones es lo que cambió la percepción del común de las personas sobre esos personajes que suelen trabajar, por ellos y por su comunidad, que ahora son un poco mas conocidos, aunque no les guste tanto ese conocimiento. Pero los que han salido, indudablemente, beneficiados son los que quieren estudiar e investigar de esas producciones, aunque falta bastante alfabetización informática, para que sea aun mas fácil acceder, que también corre de la mano con el aumento de la calidad educativa. Supongo que en poco tiempo lo que parece mucho o dificultoso no lo será tanto o, al menos, no resultará tan fácil decirlo.
Idea de la historia [1946]
Siempre es un hecho digno de llamar la atención el repetido número de veces que una obra es reimpresa. Se puede preguntar si se trata de vigencia o de inercia, dado que ambos motivos suelen ocurrir. ¿Cuál fue el caso de Idea de la historia, el libro póstumo de Robin George Collingwood, arreglado por su discípulo T. M. Knox? La palabra vigencia puede ser equívoca. Prefiero sustituirla por validez. Idea de la historia es un libro pleno en validez y, como toda obra de su índole, vigente hasta cierto punto. De hecho, se trata de un libro cuya validez lo ha hecho permanentemente vigente. Los años lo convirtieron en un auténtico clásico del siglo XX. Las múltiples impresiones de esta obra se deben tal vez a razones distintas por lo que respecta a su versión original y a su traducción española, realizada por dos finos escritores: Edmundo O’Gorman y Jorge Hernández Campos. Si el original ofrece una tersa prosa inglesa, su versión castellana no desmerece. Sin embargo, si se atiende a la recepción de este libro en su ámbito lingüístico propio, Idea de la historia se fue convirtiendo en un referente obligado en la filosofía de la historia anglosajona, que pasó de cierta indiferencia a una revaloración muy justa,sobre todo a partir de Louis O. Mink, tal vez el comentarista que le dio un nuevo impulso a la vigencia collingwoodiana. Paulatinamente fue aumentando la bibliografía sobre Collingwood y el interés sobre el resto de su obra. En español, el caso no deja de ser interesante. Precisamente el Fondo de Cultura Económica se dio a la tarea de dar a conocer, además, otros tres libros fundamentales de nuestro autor, fallecido en su natal Oxford, en plena guerra mundial, en 1943. El Fondo publicó su extraordinaria Autobiografía, Los principios del arte y el también póstumo y arreglado por Knox Idea de la naturaleza. Esto ocurrió en los años 1950. Al principio de la década siguiente, el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM dio a conocer en español el Ensayo sobre el método filosófico. Mientras este último sólo fue publicado una vez, los otros libros de Collingwood han alcanzado algunas reimpresiones, pero muy pocas en comparación con Idea de la historia. En eso sí coinciden el original y la traducción al español. En cambio, contrasta el hecho de que en nuestro medio ha habido escasez notoria de trabajos consagrados al pensamiento de su autor. Otro libro de Collingwood traducido al español fue Ensayos sobre filosofía de la historia (1970), que recoge ensayos publicados por su autor en revistas de su tiempo, y que fue compilado y publicado como libro en 1965 por la Universidad de Texas. Recientemente, gracias al interés despertado por la hermenéutica, sabemos que Hans-Georg Gadamer fue un entusiasta lector de Collingwood y propició la traducción del libro de que nos ocupamos y de la autobiografía al alemán, y él mismo le dedica un espacio digno de llamar la atención en Verdad y método. Pero volviendo al caso mexicano, el que la obra siguiera teniendo aceptación entre los lectores se debe más a que ha sido un valioso auxiliar didáctico desde 1962, que cobró impulso tras su segunda reimpresión en 1965. A partir de 2004, los lectores tienen un libro que aumentó de la página 323 a la 610. ¿Cómo fue esto posible? El empeño del profesor holandés Jan van der Dussen es el responsable. En 1993 apareció una edición revisada de este libro, que ofrecía esas casi 300 páginas de más. La sección de manuscritos de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford guarda no sólo tesoros medievales, sino ológrafos de todos los tiempos, entre los cuales se encuentran los manuscritos de quien fuera también profesor de esa prestigiada casa de estudios. Van der Dussen los estudió y se dio a la tarea de reconstruir la edición de Idea de la historia, enriqueciéndola con nuevos textos, a saber: “Análisis preliminar. La idea de una filosofía de algo y, en particular, de una filosofía de lahistoria” (1927), “Conferencias sobre filosofía de la historia” (1926) y “Esbozos de una filosofía de la historia” (1928). Ahora bien, Collingwood dio un giro en su trayectoria en 1924, con su libro Speculum mentis, hacia la filosofía de la historia, sin abandonar su interés en la filosofía de la mente y la metafísica, temas sobre los cuales siguió trabajando casi hasta su muerte y su penosa enfermedad que lo afectó sobre todo en los últimos cinco años de su vida. La filosofía de la historia pasó a ser el centro de su actividad como profesor a partir de 1926, y los materiales que se agregan a la nueva edición de Idea de la historia son los primeros textos que preparó como apoyo a sus lecciones inaugurales y sus cursos sobre la materia en Oxford. Así, no obstante consagrar esfuerzos a otros temas y otros libros, como los ya mencionados sobre estética y sobre el método filosófico que representan sus ideas, sobre todo el primero, sobre filosofía de la mente, siempre estuvo trabajando en asuntos de filosofía de la historia. Algunos de los trabajos que forman parte de Ensayos sobre filosofía de la historia muestran la continuidad que guardan estos nuevos materiales de la edición aumentada del clásico y que tendrían su culminación en lo que preparó al final de su vida, cuando en 1939 decidió elaborar dos libros, el multicitado Idea de la historia, que básicamente se centraba en la primera y muy leída parte relativa a su recorrido sobre la historia de la idea de la historia, y lo que emparienta aquello que Knox reunió dentro de la parte llamada “Epilegómenos”, con otro libro que proyectaba, The Principles of History. Este otro libro, por cierto, apenas apareció en 1999, gracias al esfuerzo conjunto del mismo profesor Van der Dussen y del célebre filósofo de la historia William H. Dray, uno de los revaloradores de Collingwood. Ojalá no pase mucho tiempo en que esta obra pueda ser apreciada por los lectores de nuestra lengua. El estudio introductorio del mencionado profesor holandés a la nueva edición de la Idea…, no sólo aclara muchas de estas cuestiones, sino que ofrece interesantes posturas sobre el pensamiento del gran historicista inglés. Su trabajo como editor de Collingwood es ejemplar, no sólo por las páginas rescatadas sino por sus agudos comentarios sobre la evolución de ese pensamiento. Sobra decir que Jan van der Dussen es autor de un libro, History as a Science: The Philosophy of R. G. Collingwood, publicado en La Haya en 1981. Es, sin duda, la autoridad en la materia. Las nuevas partes que se pueden leer en la versión actual del libro ejemplifican la riqueza temática que ofrece la filosofía de la historia. Básicamente Collingwood se centró en aspectos epistemológicos, los cuales son tratados con un rigor excepcional. Los historiadores deben acudir a un libro de esta naturaleza, porque los ayuda al reflexionar sobre el sentido de su quehacer, sobre los fundamentos de su disciplina. La edición revisada de Idea de la historia es un nuevo hito para el cultivo de la reflexión sobre la historia, llámesele teoría o filosofía. Sería deseable que se siguiera el ejemplo de la filósofa española Concha Roldán (Entre Casandra y Clío) quien dedica un ensayo sugestivo y muy bien planteado al pensamiento de Collingwood, el cual, a su vez, tiene mucho que decirle a los lectores. Los afectados por el prurito de solamente citar lo último, no podrán comprender “lo último” sin haber recorrido un camino para el cual la reflexión collingwoodiana es fundamental.
Siempre es un hecho digno de llamar la atención el repetido número de veces que una obra es reimpresa. Se puede preguntar si se trata de vigencia o de inercia, dado que ambos motivos suelen ocurrir. ¿Cuál fue el caso de Idea de la historia, el libro póstumo de Robin George Collingwood, arreglado por su discípulo T. M. Knox? La palabra vigencia puede ser equívoca. Prefiero sustituirla por validez. Idea de la historia es un libro pleno en validez y, como toda obra de su índole, vigente hasta cierto punto. De hecho, se trata de un libro cuya validez lo ha hecho permanentemente vigente. Los años lo convirtieron en un auténtico clásico del siglo XX. Las múltiples impresiones de esta obra se deben tal vez a razones distintas por lo que respecta a su versión original y a su traducción española, realizada por dos finos escritores: Edmundo O’Gorman y Jorge Hernández Campos. Si el original ofrece una tersa prosa inglesa, su versión castellana no desmerece. Sin embargo, si se atiende a la recepción de este libro en su ámbito lingüístico propio, Idea de la historia se fue convirtiendo en un referente obligado en la filosofía de la historia anglosajona, que pasó de cierta indiferencia a una revaloración muy justa,sobre todo a partir de Louis O. Mink, tal vez el comentarista que le dio un nuevo impulso a la vigencia collingwoodiana. Paulatinamente fue aumentando la bibliografía sobre Collingwood y el interés sobre el resto de su obra. En español, el caso no deja de ser interesante. Precisamente el Fondo de Cultura Económica se dio a la tarea de dar a conocer, además, otros tres libros fundamentales de nuestro autor, fallecido en su natal Oxford, en plena guerra mundial, en 1943. El Fondo publicó su extraordinaria Autobiografía, Los principios del arte y el también póstumo y arreglado por Knox Idea de la naturaleza. Esto ocurrió en los años 1950. Al principio de la década siguiente, el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM dio a conocer en español el Ensayo sobre el método filosófico. Mientras este último sólo fue publicado una vez, los otros libros de Collingwood han alcanzado algunas reimpresiones, pero muy pocas en comparación con Idea de la historia. En eso sí coinciden el original y la traducción al español. En cambio, contrasta el hecho de que en nuestro medio ha habido escasez notoria de trabajos consagrados al pensamiento de su autor. Otro libro de Collingwood traducido al español fue Ensayos sobre filosofía de la historia (1970), que recoge ensayos publicados por su autor en revistas de su tiempo, y que fue compilado y publicado como libro en 1965 por la Universidad de Texas. Recientemente, gracias al interés despertado por la hermenéutica, sabemos que Hans-Georg Gadamer fue un entusiasta lector de Collingwood y propició la traducción del libro de que nos ocupamos y de la autobiografía al alemán, y él mismo le dedica un espacio digno de llamar la atención en Verdad y método. Pero volviendo al caso mexicano, el que la obra siguiera teniendo aceptación entre los lectores se debe más a que ha sido un valioso auxiliar didáctico desde 1962, que cobró impulso tras su segunda reimpresión en 1965. A partir de 2004, los lectores tienen un libro que aumentó de la página 323 a la 610. ¿Cómo fue esto posible? El empeño del profesor holandés Jan van der Dussen es el responsable. En 1993 apareció una edición revisada de este libro, que ofrecía esas casi 300 páginas de más. La sección de manuscritos de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford guarda no sólo tesoros medievales, sino ológrafos de todos los tiempos, entre los cuales se encuentran los manuscritos de quien fuera también profesor de esa prestigiada casa de estudios. Van der Dussen los estudió y se dio a la tarea de reconstruir la edición de Idea de la historia, enriqueciéndola con nuevos textos, a saber: “Análisis preliminar. La idea de una filosofía de algo y, en particular, de una filosofía de lahistoria” (1927), “Conferencias sobre filosofía de la historia” (1926) y “Esbozos de una filosofía de la historia” (1928). Ahora bien, Collingwood dio un giro en su trayectoria en 1924, con su libro Speculum mentis, hacia la filosofía de la historia, sin abandonar su interés en la filosofía de la mente y la metafísica, temas sobre los cuales siguió trabajando casi hasta su muerte y su penosa enfermedad que lo afectó sobre todo en los últimos cinco años de su vida. La filosofía de la historia pasó a ser el centro de su actividad como profesor a partir de 1926, y los materiales que se agregan a la nueva edición de Idea de la historia son los primeros textos que preparó como apoyo a sus lecciones inaugurales y sus cursos sobre la materia en Oxford. Así, no obstante consagrar esfuerzos a otros temas y otros libros, como los ya mencionados sobre estética y sobre el método filosófico que representan sus ideas, sobre todo el primero, sobre filosofía de la mente, siempre estuvo trabajando en asuntos de filosofía de la historia. Algunos de los trabajos que forman parte de Ensayos sobre filosofía de la historia muestran la continuidad que guardan estos nuevos materiales de la edición aumentada del clásico y que tendrían su culminación en lo que preparó al final de su vida, cuando en 1939 decidió elaborar dos libros, el multicitado Idea de la historia, que básicamente se centraba en la primera y muy leída parte relativa a su recorrido sobre la historia de la idea de la historia, y lo que emparienta aquello que Knox reunió dentro de la parte llamada “Epilegómenos”, con otro libro que proyectaba, The Principles of History. Este otro libro, por cierto, apenas apareció en 1999, gracias al esfuerzo conjunto del mismo profesor Van der Dussen y del célebre filósofo de la historia William H. Dray, uno de los revaloradores de Collingwood. Ojalá no pase mucho tiempo en que esta obra pueda ser apreciada por los lectores de nuestra lengua. El estudio introductorio del mencionado profesor holandés a la nueva edición de la Idea…, no sólo aclara muchas de estas cuestiones, sino que ofrece interesantes posturas sobre el pensamiento del gran historicista inglés. Su trabajo como editor de Collingwood es ejemplar, no sólo por las páginas rescatadas sino por sus agudos comentarios sobre la evolución de ese pensamiento. Sobra decir que Jan van der Dussen es autor de un libro, History as a Science: The Philosophy of R. G. Collingwood, publicado en La Haya en 1981. Es, sin duda, la autoridad en la materia. Las nuevas partes que se pueden leer en la versión actual del libro ejemplifican la riqueza temática que ofrece la filosofía de la historia. Básicamente Collingwood se centró en aspectos epistemológicos, los cuales son tratados con un rigor excepcional. Los historiadores deben acudir a un libro de esta naturaleza, porque los ayuda al reflexionar sobre el sentido de su quehacer, sobre los fundamentos de su disciplina. La edición revisada de Idea de la historia es un nuevo hito para el cultivo de la reflexión sobre la historia, llámesele teoría o filosofía. Sería deseable que se siguiera el ejemplo de la filósofa española Concha Roldán (Entre Casandra y Clío) quien dedica un ensayo sugestivo y muy bien planteado al pensamiento de Collingwood, el cual, a su vez, tiene mucho que decirle a los lectores. Los afectados por el prurito de solamente citar lo último, no podrán comprender “lo último” sin haber recorrido un camino para el cual la reflexión collingwoodiana es fundamental.
[Álvaro MATUTE. “La nueva Idea de la historia o el rescate de Collingwood”, in La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (México), nº 406, octubre de 2004, pp. 27-28]
Hannah Arendt Tv
#Biblioteca Idea de la Historia - R. G. Collingwood
https://openload.cc/t…/Collingwood_-_Idea_de_la_historia_pdf
#Biblioteca Idea de la Historia - R. G. Collingwood
https://openload.cc/t…/Collingwood_-_Idea_de_la_historia_pdf
La historia después del fin de la historia
Josep Fontana
Josep Fontana
¿El fin de la historia? ¿O tal vez el de la ciencia histórica? En el primer sentido, esta expresión se ha puesto de moda como consecuencia de un artículo de Francis Fukuyama publicado en 1989, cuya fama se debe ante todo a la orquestación que para su difusión organizó la John M. Olin Foundation, una institución norteamericana que invierte anualmente millones de dólares para favorecer un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales. Reconvertido posteriormente en un libro, su amplificación ha servido para poner más en evidencia su vaciedad: se trata simplemente de una reelaboración más de la tesis de Hegel que contemplaba “el mundo germánico y las instituciones que comprende el estado europeo moderno como el fin de la historia”; viejas ideas recicladas repetidamente desde que Kojève las volvió a poner en circulación en los años treinta, mezcladas ahora con gotas de Nietzsche para componer lo que se ha calificado de “libro de rezos hegeliano” para el conservadurismo norteamericano, mientras un crítico se pregunta: “¿Por qué una obra de tan evidente mediocridad ha obtenido tanta atención pública?... ¿Por qué un editor ha podido emplear tanta energía y capital para lanzar un libro tan pueril y de tan escaso interés?”.
En el segundo sentido –o, cuando menos, en una forma ambigua que implica el primero y, sobre todo, el segundo-, encontramos la expresión como título de una secuencia de artículos publicados en la revista británica History Today, que se inició con uno de Christopher Hill titulado “¿Funerales prematuros?”, donde, refiriéndose a tópicos como “la muerte del marxismo” o “el fin de la historia”, afirmaba que “tal vez los habitantes del Tercer Mundo no estén tan seguros de que la historia se haya acabado”.
Las reflexiones que expongo en este pequeño volumen no tiene la pretensión de resolver el problema –o, mejor, los problemas-, sino que aspiran, simplemente, a ayudar a quienes se interesan por el estudio de la historia, y muy en especial a quienes se dedican a su enseñanza, a orientarse en el laberinto de corrientes que ha venido a reemplazar aquel mapa tan claro de nuestro territorio que hace pocos años solía dividirse en dos o tres continentes: la historia “marxista”, la académica conservadora y alguna supuesta “tercera vía”, como la escuela de las Annales.
El punto de partida de esta reflexión debe ser el fracaso de las expectativas que se habían depositado en formas elementales y catequísticas del marxismo como alternativa a la enseñanza y la investigación tradicionales. A quienes piensan que esto es, simplemente, una consecuencia del hundimiento político y económico de los países del Este europeo y de la Unión Soviética –esto es, a quienes confunden el curso de la historia con el de la ciencia histórica-, les conviene recordar que ya hace mucho que quienes nos dedicamos a enseñar habíamos descubierto, por nuestra cuenta, que reemplazar la vieja historia de reyes y batallas por la no -tan- nueva de los modos de producción no nos había permitido mejorar y hacer más vivo nuestro trabajo, aproximándolo a los problemas reales de los alumnos y de su medio, y que nos estábamos planteando estos problemas mucho antes de que se produjera la reciente oleada “revisionista”.
No entraré ahora en el análisis de las razones que explican el triunfo, primero, y el previsible hundimiento, después, del “marxismo catequístico”, porque lo que me propongo es, precisamente, examinar qué ha pasado después del fin, por lo cual comenzaré a partir del mismo fracaso, ya que ha sido el descrédito de unos esquemas elementales que proporcionaban a muchos historiadores un marco de referencia para situar su trabajo lo que ha conducido al estado de desorientación presente.
No se había llegado entre nosotros a extremos de suspensión del sentido común como el de Abimael Guzmán, el llamado “presidente Gonzalo” de Sendero Luminoso, quien, según me contaban quienes habían sido sus discípulos en la Universidad de Huamanga, en Ayacucho, les enseñaba que no habían de preocuparse por resolver intelectualmente ningún problema que se les plantease, incluso en su vida cotidiana, puesto que leyendo atentamente las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse – tung encontrarían en algún lugar la respuesta que necesitaban.
Pero si esto resulta grotesco, y puede tranquilizarnos no haber llegado a tanto, conviene no echar en olvido que prácticas que se consideraban normales y admitidas entre nosotros, como las discusiones escolásticas acerca de la revolución burguesa –un concepto, por cierto, que no se hallará como tal en las obras de Marx, y que procede de los elementos con que la historiografía burguesa del siglo XIX quiso componer una legitimación de la sociedad que estaba construyendo-, nacen de la misma raíz y son igualmente ajenas a la forma de concebir la historia que tenía el hombre que en 1879 afirmaba que no podía acabar de escribir el volumen segundo de El capital hasta que concluyese la crisis económica que estaba atravesando Gran Bretaña, porque necesitaba reajustar el análisis teórico “observando el curso actual de los acontecimientos”. Lo cual viene a ser exactamente lo contrario de lo que hacían los cultivadores de nuestro “marxismo ortodoxo”, que hubieran denunciado al Marx de 1879 como un vulgar positivista.
Este pseudomarxismo –para entendernos emplearé en lo sucesivo “marxismo” y “marxista” para referirme a estas formas escolásticas, y “marxiano” y “marxismo crítico” para el pensamiento personal de Marx y para aquellas tendencias que lo reflejan más fielmente-, que ha sido denunciado por su reducción al “cientifismo”, implicaba una utilización petrificada, fosilizadora, de los conceptos marxianos (con frecuencia de la simple terminología, y no siempre bien entendida) que se ha calificado como una forma de fetichismo, reclamando la vuelta a una consideración “histórica” de los conceptos, que es la propia de Marx, cuya capacidad para repensar y corregir los esquemas, incluso algunos que se consideran erróneamente como integrantes de una parte fija y esencial de su “sistema”, resulta evidente del estudio de sus reflexiones sobre “el caso ruso”, que nos permite advertir que posiblemente había superado al visión unilineal de la historia que el “marxismo” posterior codificó en la sucesión única de los modos de producción.
Frente a esta reivindicación posible y lógica del pensamiento marxiano –entendido como un método y no como un sistema de interpretación completo y cerrado– encontramos en un pasado inmediato intentos de recuperar el marxismo ortodoxo sobre nuevas bases, como el de Cohen –contra el que se dirige esencialmente la crítica de Derek Sayer citada anteriormente-, o el más reciente de Wright, Levine y Sober, que tratan de oponer alguna forma de razonamiento a la grosera irracionalidad del infinito número de críticos que se limitan a repetir que el fracaso de los regímenes del Este europeo “demuestra” la caducidad del pensamiento marxiano –lo cual es tan coherente como sostener que la crisis de las cajas de ahorro norteamericanas “demuestra” la caducidad del de Adam Smith– o contra los casos, todavía más pintorescos, que se ofrecen alegremente a “superar” lo que ni siquiera comprenden, integrándolo dentro de nuevos sistemas generales de pensamiento (o de algo que tiene tales pretensiones).
Pero de lo que quiero hablar, como he dicho al principio, no es del método de Marx (esto es, del método “marxiano”) y de lo que queda de útil en él después de los feroces intentos de desguace a que hemos asistido, sino de la situación de desconcierto que ha producido este hundimiento de una vieja fe, que ha dado lugar a sorprendentes conversiones y que ha dejado desamparados a muchos de los que sostenían arrimados a las andaderas del marxismo catequístico, a quienes vemos vagando como almas en pena, buscando un nuevo arrimo, sin encontrar otro catecismo equivalente que les devuelva la vieja confianza y la perdida alegría, dedicados a probar con cada una de las nuevas modas que aparecen en el mercado.
Hay que comenzar aclarando que la primera reacción que suele suscitar la crisis de una fe es generalmente el escepticismo. Lo cual significa, en este caso, la desconfianza ante cualquier planteamiento teórico, que puede muy bien traducirse en formas de positivismo enmascaradas de posmodernidad, en un eclecticismo superficial o en una sensación de que lo que necesitamos es cambiar con frecuencia el bagaje metodológico, renovándolo de acuerdo con las modas de cada temporada.
Eso no ha sucedido ahora por primera vez. Algo semejante les ocurrió, por ejemplo, a quienes habían compartido la visión de la sociedad y del hombre del nazismo. Quienes se enfrentan hoy a un producto intelectual en apariencia tan abstracto como Los dos cuerpos del rey de Kantorowicz, difícilmente adivinarán que este tratado de “teología política” es el fruto del desengaño de un hombre que, siendo profesor de la Universidad de Frankfurt, en 1933, y previendo su próxima expulsión de ella, por el hecho de ser de origen judío, escribía al ministro de Educación de Prusia:
Creía que alguien como yo, que me alisté voluntario en agosto de 1914, que he combatido, durante la guerra y después de ella, contra los polacos en Poznan, contra la insurrección espartaquista en Berlín y contra la república soviética en Munich, no había de temer verse despojado de su cargo a causa de su ascendencia judía; creía que por los escritos que he publicado sobre el emperador Federico II Hohenstaufen no necesitaría garantía, pasada ni presente, para demostrar mis sentimientos a favor de una Alemania reorientada en un sentido nacional; creía que mi actitud fundamentalmente entusiasta hacia un Reich dirigido en un sentido nacional iba mucho más allá de la actitud común, determinada por los acontecimientos.
De ese modo semejante podemos pensar que el escepticismo ante la interpretación del texto propugnada por Paul de Man tiene mucho que ver con su amargo despertar de una cierta fe en el nazismo que la publicación de sus artículos periodísticos en los años de la ocupación alemana de Bélgica ha puesto en evidencia, más allá de toda duda y de cualquier posibilidad de “deconstrucción”.
El hundimiento del entorno ideológico en que se sostenía nuestro mundo puede dar también, en otros contextos, resultados parecidos de desconfianza. Citaré, para tomar un ejemplo que escojo deliberadamente de un campo muy distinto, aparentemente ajeno ala historia, el esfuerzo de análisis del lenguaje y del discurso realizado por el grupo de Oulipo, bajo la inspiración de Raymond Queneau, que me parece que tiene mucho que ver con la crisis provocada en Francia por la segunda guerra mundial. Cuando uno se enfrenta a la obra literaria de Georges Perec, y en especial a La vie. Mode d´emploi, o a sus inacabados 53 jours, debe recordar que su fundamento es esencialmente autobiográfico. Sólo que una biografía como la suya, que se inicia en la infancia con el absurdo horror de ver muertos a su madre, recluida en Auschwitz, y a tres de sus cuatro abuelos, igualmente deportados, no podía encauzarse ni por los caminos de la historia académica –que Perec había comenzado a estudiar y cuya vaciedad ha satirizado agudamente– ni por los de la narración convencional. ¿Cómo verter en estos marcos, que presuponen la aceptación de la racionalidad del sistema establecido, y en especial de sus valores morales y sociales, una experiencia vital semejante?
En el segundo sentido –o, cuando menos, en una forma ambigua que implica el primero y, sobre todo, el segundo-, encontramos la expresión como título de una secuencia de artículos publicados en la revista británica History Today, que se inició con uno de Christopher Hill titulado “¿Funerales prematuros?”, donde, refiriéndose a tópicos como “la muerte del marxismo” o “el fin de la historia”, afirmaba que “tal vez los habitantes del Tercer Mundo no estén tan seguros de que la historia se haya acabado”.
Las reflexiones que expongo en este pequeño volumen no tiene la pretensión de resolver el problema –o, mejor, los problemas-, sino que aspiran, simplemente, a ayudar a quienes se interesan por el estudio de la historia, y muy en especial a quienes se dedican a su enseñanza, a orientarse en el laberinto de corrientes que ha venido a reemplazar aquel mapa tan claro de nuestro territorio que hace pocos años solía dividirse en dos o tres continentes: la historia “marxista”, la académica conservadora y alguna supuesta “tercera vía”, como la escuela de las Annales.
El punto de partida de esta reflexión debe ser el fracaso de las expectativas que se habían depositado en formas elementales y catequísticas del marxismo como alternativa a la enseñanza y la investigación tradicionales. A quienes piensan que esto es, simplemente, una consecuencia del hundimiento político y económico de los países del Este europeo y de la Unión Soviética –esto es, a quienes confunden el curso de la historia con el de la ciencia histórica-, les conviene recordar que ya hace mucho que quienes nos dedicamos a enseñar habíamos descubierto, por nuestra cuenta, que reemplazar la vieja historia de reyes y batallas por la no -tan- nueva de los modos de producción no nos había permitido mejorar y hacer más vivo nuestro trabajo, aproximándolo a los problemas reales de los alumnos y de su medio, y que nos estábamos planteando estos problemas mucho antes de que se produjera la reciente oleada “revisionista”.
No entraré ahora en el análisis de las razones que explican el triunfo, primero, y el previsible hundimiento, después, del “marxismo catequístico”, porque lo que me propongo es, precisamente, examinar qué ha pasado después del fin, por lo cual comenzaré a partir del mismo fracaso, ya que ha sido el descrédito de unos esquemas elementales que proporcionaban a muchos historiadores un marco de referencia para situar su trabajo lo que ha conducido al estado de desorientación presente.
No se había llegado entre nosotros a extremos de suspensión del sentido común como el de Abimael Guzmán, el llamado “presidente Gonzalo” de Sendero Luminoso, quien, según me contaban quienes habían sido sus discípulos en la Universidad de Huamanga, en Ayacucho, les enseñaba que no habían de preocuparse por resolver intelectualmente ningún problema que se les plantease, incluso en su vida cotidiana, puesto que leyendo atentamente las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse – tung encontrarían en algún lugar la respuesta que necesitaban.
Pero si esto resulta grotesco, y puede tranquilizarnos no haber llegado a tanto, conviene no echar en olvido que prácticas que se consideraban normales y admitidas entre nosotros, como las discusiones escolásticas acerca de la revolución burguesa –un concepto, por cierto, que no se hallará como tal en las obras de Marx, y que procede de los elementos con que la historiografía burguesa del siglo XIX quiso componer una legitimación de la sociedad que estaba construyendo-, nacen de la misma raíz y son igualmente ajenas a la forma de concebir la historia que tenía el hombre que en 1879 afirmaba que no podía acabar de escribir el volumen segundo de El capital hasta que concluyese la crisis económica que estaba atravesando Gran Bretaña, porque necesitaba reajustar el análisis teórico “observando el curso actual de los acontecimientos”. Lo cual viene a ser exactamente lo contrario de lo que hacían los cultivadores de nuestro “marxismo ortodoxo”, que hubieran denunciado al Marx de 1879 como un vulgar positivista.
Este pseudomarxismo –para entendernos emplearé en lo sucesivo “marxismo” y “marxista” para referirme a estas formas escolásticas, y “marxiano” y “marxismo crítico” para el pensamiento personal de Marx y para aquellas tendencias que lo reflejan más fielmente-, que ha sido denunciado por su reducción al “cientifismo”, implicaba una utilización petrificada, fosilizadora, de los conceptos marxianos (con frecuencia de la simple terminología, y no siempre bien entendida) que se ha calificado como una forma de fetichismo, reclamando la vuelta a una consideración “histórica” de los conceptos, que es la propia de Marx, cuya capacidad para repensar y corregir los esquemas, incluso algunos que se consideran erróneamente como integrantes de una parte fija y esencial de su “sistema”, resulta evidente del estudio de sus reflexiones sobre “el caso ruso”, que nos permite advertir que posiblemente había superado al visión unilineal de la historia que el “marxismo” posterior codificó en la sucesión única de los modos de producción.
Frente a esta reivindicación posible y lógica del pensamiento marxiano –entendido como un método y no como un sistema de interpretación completo y cerrado– encontramos en un pasado inmediato intentos de recuperar el marxismo ortodoxo sobre nuevas bases, como el de Cohen –contra el que se dirige esencialmente la crítica de Derek Sayer citada anteriormente-, o el más reciente de Wright, Levine y Sober, que tratan de oponer alguna forma de razonamiento a la grosera irracionalidad del infinito número de críticos que se limitan a repetir que el fracaso de los regímenes del Este europeo “demuestra” la caducidad del pensamiento marxiano –lo cual es tan coherente como sostener que la crisis de las cajas de ahorro norteamericanas “demuestra” la caducidad del de Adam Smith– o contra los casos, todavía más pintorescos, que se ofrecen alegremente a “superar” lo que ni siquiera comprenden, integrándolo dentro de nuevos sistemas generales de pensamiento (o de algo que tiene tales pretensiones).
Pero de lo que quiero hablar, como he dicho al principio, no es del método de Marx (esto es, del método “marxiano”) y de lo que queda de útil en él después de los feroces intentos de desguace a que hemos asistido, sino de la situación de desconcierto que ha producido este hundimiento de una vieja fe, que ha dado lugar a sorprendentes conversiones y que ha dejado desamparados a muchos de los que sostenían arrimados a las andaderas del marxismo catequístico, a quienes vemos vagando como almas en pena, buscando un nuevo arrimo, sin encontrar otro catecismo equivalente que les devuelva la vieja confianza y la perdida alegría, dedicados a probar con cada una de las nuevas modas que aparecen en el mercado.
Hay que comenzar aclarando que la primera reacción que suele suscitar la crisis de una fe es generalmente el escepticismo. Lo cual significa, en este caso, la desconfianza ante cualquier planteamiento teórico, que puede muy bien traducirse en formas de positivismo enmascaradas de posmodernidad, en un eclecticismo superficial o en una sensación de que lo que necesitamos es cambiar con frecuencia el bagaje metodológico, renovándolo de acuerdo con las modas de cada temporada.
Eso no ha sucedido ahora por primera vez. Algo semejante les ocurrió, por ejemplo, a quienes habían compartido la visión de la sociedad y del hombre del nazismo. Quienes se enfrentan hoy a un producto intelectual en apariencia tan abstracto como Los dos cuerpos del rey de Kantorowicz, difícilmente adivinarán que este tratado de “teología política” es el fruto del desengaño de un hombre que, siendo profesor de la Universidad de Frankfurt, en 1933, y previendo su próxima expulsión de ella, por el hecho de ser de origen judío, escribía al ministro de Educación de Prusia:
Creía que alguien como yo, que me alisté voluntario en agosto de 1914, que he combatido, durante la guerra y después de ella, contra los polacos en Poznan, contra la insurrección espartaquista en Berlín y contra la república soviética en Munich, no había de temer verse despojado de su cargo a causa de su ascendencia judía; creía que por los escritos que he publicado sobre el emperador Federico II Hohenstaufen no necesitaría garantía, pasada ni presente, para demostrar mis sentimientos a favor de una Alemania reorientada en un sentido nacional; creía que mi actitud fundamentalmente entusiasta hacia un Reich dirigido en un sentido nacional iba mucho más allá de la actitud común, determinada por los acontecimientos.
De ese modo semejante podemos pensar que el escepticismo ante la interpretación del texto propugnada por Paul de Man tiene mucho que ver con su amargo despertar de una cierta fe en el nazismo que la publicación de sus artículos periodísticos en los años de la ocupación alemana de Bélgica ha puesto en evidencia, más allá de toda duda y de cualquier posibilidad de “deconstrucción”.
El hundimiento del entorno ideológico en que se sostenía nuestro mundo puede dar también, en otros contextos, resultados parecidos de desconfianza. Citaré, para tomar un ejemplo que escojo deliberadamente de un campo muy distinto, aparentemente ajeno ala historia, el esfuerzo de análisis del lenguaje y del discurso realizado por el grupo de Oulipo, bajo la inspiración de Raymond Queneau, que me parece que tiene mucho que ver con la crisis provocada en Francia por la segunda guerra mundial. Cuando uno se enfrenta a la obra literaria de Georges Perec, y en especial a La vie. Mode d´emploi, o a sus inacabados 53 jours, debe recordar que su fundamento es esencialmente autobiográfico. Sólo que una biografía como la suya, que se inicia en la infancia con el absurdo horror de ver muertos a su madre, recluida en Auschwitz, y a tres de sus cuatro abuelos, igualmente deportados, no podía encauzarse ni por los caminos de la historia académica –que Perec había comenzado a estudiar y cuya vaciedad ha satirizado agudamente– ni por los de la narración convencional. ¿Cómo verter en estos marcos, que presuponen la aceptación de la racionalidad del sistema establecido, y en especial de sus valores morales y sociales, una experiencia vital semejante?
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INTRODUCCIONALAHISTORIAJVG.WORDPRESS.COM
Siempre es un hecho digno de llamar la atención el repetido número de veces que una obra es reimpresa. Se puede preguntar si se trata de vigencia o de inercia, dado que ambos motivos suelen ocurrir…
INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA
INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA
Las causas se buscan decía Marc Bloch y se hace por medio de fuentes, que deben ser sometidas al análisis, para buscar su verosimilitud (que no sean falsas). Si tomamos el caso de la antigua ciudad de Quilmes y observamos que su posesión originó luchas entre diversos pueblos que viajaban de sur a norte buscando mejores lugares para desarrollar su economía y se encuentran con una zona que había sido habitada hasta unos 1000 AP, por un pueblo al que sus auto titulados descendiente y otras parcialidades identifican como Kakan, sobre el que no se tiene certeza de los motivos de su desmembramiento y desaparición, que habitó una amplia zona pre cordillerana hasta unos 500 años antes de la expansión del Imperio Inka, que generaron sistemas de canales y grandes ciudades, que pudieron encontrarse federadas, atento a lo ocurrido durante la sublevación de los Valles Calchaquies, es posible que la subida a los valles de la Quebrada de Humahuaca fuese mucho mas dificultosa de lo que se imaginaban en principio los investigadores. A lo que debemos sumar las últimas investigaciones sobre los Omaguacas, que ya no se los considera (como a principios del Siglo XX) como emparentado con los Diaguitas o Tiaquitas, pudiendo ser el resultado de una invasión de otro pueblo muy belicoso, como los Omaguacas, que pudo terminar o resquebrajar el sistema social y económico de los Kakan y pasar a ser muy temidos por los habitantes de la Puna de Atacama (Atacamas) y por otros pueblos de lengua Aymara. Es llamativo que la relación de los Omaguacas, con los Inkas haya sido de un respeto no exento de preocupación, por la instalación de Mitayos a poco menos de mil metros (al menos en Humahuaca) y que estos quedaron en posesión de sus Pucará. Todo se puede ver en las citas y los artículos anteriores de este libro, con lo que ofrecemos citas provenientes de la arqueología, la antropología (donde se incluye el alargamiento artificial de los cráneos de los bebes) y la geografía (también vinculados al hallazgo de una momia, con el cráneo alargado en el desierto de Atacama).
Pero si nos venimos a nuestra historia nacional con los migrantes, podremos usar documentos, como los de aduana, donde al ingreso indicaban oficios de ciudad, la certeza que no existía ningún organismo similar al INTA en el Siglo XIX y principios del XX en nuestro país, mas la desarticulación de la tontería vinculada con los pioneros, que no fueron a vivir a los desiertos y si siguieron derroteros similares, sobre las costas y los ríos, como hicieron y hacen otros migrantes en el mundo, como enseña la Geografía, de la cual la amplísima mayoría de los libros de Historia no tomaron nota en nuestro país, por lo cual necesitaron de originario y del gaucho (incluso como zambo, para aprender las artes de la siembra y la cosecha en territorios donde se practica la agricultura extensiva (en Europa es y era intensiva), ya que prefirieron seguir el oculta miento de las masacres y la posterior invisibilidad forzada de originarios, gauchos y afro descendientes.
SOBRE EL LIBRO “INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA” DE MARC BLOCH
Edgardo Malaspina
March Bloch escribe estas últimas frases en su Introducción a la historia (1949): “Para decirlo todo en una palabra, las causas, en la historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…” Esta obra inconclusa del fundador de la Escuela de los Annales, salió a la luz pública gracias a su amigo y cofundador de la nueva corriente histórica, Lucien Fevbre (Bloch le dedicó su trabajo) , quien cotejó tres ejemplares de la misma para sacar en limpio una versión final. Al morir fusilado en 1944 por defender su patria de los invasores alemanes, Bloch no pudo finalizar su libro (no tuvo tiempo de anexarle una referencia bibliográfica) como lo planificó.
El libro contiene una introducción del autor, cinco capítulos y un apéndice escrito por Fevbre para relatar la manera como llegaron los manuscritos sus manos y la preparación que hizo de los mismos para su publicación.
En las palabras preliminares el autor destaca el lenguaje sencillo empleado “porque no alcanzo imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares”. En estos mismos prolegómenos se refiere al interés por la historia desde su infancia, los libros que leyó y que fortalecieron su vocación profesional, que además era una gran diversión. Aconseja utilizar un lenguaje científico en el discurso histórico pero sin despojarlo de la poesía, como pretendían los positivistas: “Así, para lo sucesivo, estamos mucho mejor dispuestos a admitir que un conocimiento puede pretender el nombre de científico aunque no se confiese capaz de realizar demostraciones euclidianas…”. Desde un principio de su obra MB explica su tesis innovadora de recurrir a otras ciencias en la investigación histórica porque “considerad aisladamente, cada ciencia no representa nunca más que un fragmento del movimiento universal hacia el conocimiento”.
En el primer capítulo relaciona la historia, los hombres y el tiempo. Establece un nexo dinámico y dialéctico entre el presente y el pasado, de tal manera que uno de estos tiempos sirva para analizar y entender al otro. La historia no es sólo la ciencia del pasado, es más bien la ciencia sobre los hombres. De todos los hombres y no sólo de los héroes y reyes. Es el estudio de los muertos y de los vivos. Hay que indagar los orígenes de los acontecimientos y no detenerse en las personalidades de los mismos.” En una palabra, la cuestión no es saber si Jesús fue crucificado y luego resucitó. Lo que se trata de comprender es por qué tantos hombres creen en la crucifixión y en la resurrección”. El fenómeno histórico debe ser explicado desde la perspectiva de su tiempo. Cita a un proverbio árabe, según el cual los hombres se parecen más a su tiempo que a su padres.
El segundo capítulo trata de la observación y los testimonios y la transmisión de los mismos .Así como también la forma de establecer su confiabilidad. La historia siempre nos llega a través de documentos, es decir de una manera indirecta; y eso distorsiona la realidad. No se puede comprobar con solo esos elementos la veracidad de los hechos. Relata una anécdota: un aviso se transmiten en una fila desde el primer soldado: “¡Atención! Hoyos de obuses a la izquierda. El último hombre sólo escuchó a la izquierda. Dio un paso hacia la izquierda y se hundió”.
El pasado no se puede cambiar, pero los descubrimientos arqueológicos y el uso de la lógica, instinto, la psicología y otras ciencias sirven para que surjan nuevas interpretaciones del mismo. Un plan con buenas preguntas son de mucha ayuda aunque luego se cambie el rumbo en la medida que aparecen los datos.
El pasado no se puede cambiar, pero los descubrimientos arqueológicos y el uso de la lógica, instinto, la psicología y otras ciencias sirven para que surjan nuevas interpretaciones del mismo. Un plan con buenas preguntas son de mucha ayuda aunque luego se cambie el rumbo en la medida que aparecen los datos.
El tercer capítulo es el de la crítica (interna y externa) como método de búsqueda de los errores en la historia. La critica nace en el momento que no aceptamos ciegamente los testimonios históricos. Debemos no creer a la ligera y tener una duda examinadora. Las notas al margen de la página sirven para la crítica; sin embargo, debemos evitar que las mismas sean más extensas que el cuerpo mismo del relato. Indicar la procedencia del documento que trabajamos es importante (el estilo del lenguaje establece si es de un mismo autor, por ejemplo). En muchos archivos hay documentos falsos y plagios , y el historiador está obligado a indagar sus veracidad. Hay que evitar pasar por alto hechos vitales pero que no están en la mira de nuestras investigaciones: vemos sólo lo que buscamos y las emociones pueden distorsionar los hechos.
Las prácticas colectivas son similares para todos los hombres que la vivieron, las excepciones son sospechosas. La estadística y la ley de las probabilidades corroboran nuestras suposiciones porque sus resultados son similares en diferentes autores.
Las prácticas colectivas son similares para todos los hombres que la vivieron, las excepciones son sospechosas. La estadística y la ley de las probabilidades corroboran nuestras suposiciones porque sus resultados son similares en diferentes autores.
El cuarta capítulo habla de la facilidad que tenemos para juzgar en vez de sopesar todas las aristas de un caso de manera profunda y así comprender mejor el caso estudiado. Aquí también se habla del valor y significado de las palabras según la época y lugar en que tuvieron en boga. En el análisis histórico es preferible tratar de comprender que juzgar a la ligera. Se deben buscar las razones profundas de los acontecimientos sin parcializarse y juzgar. La única pasión del historiador es estar por encima de todas las pasiones , aunque la imaginación y la abstracción son buenas aliadas. No emplearlas es un positivismo mal entendido.
Sobre las palabras: las mismas valen más por su uso que por su etimología. Hablamos de átomos (indivisibles) aunque ya se conocen muchas partículas del mismo.
El último capítulo (inconcluso) es una crítica al positivismo que en vano pretende eliminar de la ciencia la idea de la causa, porque todo investigador piensa en términos de preguntas y respuestas. Explicar la caída de un hombre por un tropezón es insuficiente, pues habría que pensar también en la ley de la gravedad, los desniveles geológicos, etc. En conclusión no existe una causa única.”Para decirlo todo en una palabra, las causas, en la historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…
Publicado por historiografias en 22:13
Sobre las palabras: las mismas valen más por su uso que por su etimología. Hablamos de átomos (indivisibles) aunque ya se conocen muchas partículas del mismo.
El último capítulo (inconcluso) es una crítica al positivismo que en vano pretende eliminar de la ciencia la idea de la causa, porque todo investigador piensa en términos de preguntas y respuestas. Explicar la caída de un hombre por un tropezón es insuficiente, pues habría que pensar también en la ley de la gravedad, los desniveles geológicos, etc. En conclusión no existe una causa única.”Para decirlo todo en una palabra, las causas, en la historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…
Publicado por historiografias en 22:13
Introducción a la Historia
Este programa ha sido concebido como un instrumento para plantear a los estudiantes principios fundamentales y necesarios en la formación de historiadores y docentes en las ciencias sociales, partiendo de la conceptualización teórica que brinda a los que se inician los conocimientos básicos de epistemología, necesarios a los potenciales profesionales.
Continuando con la teoría de la Historia donde se aportarán los cuerpos teóricos elementales que el estudiante de esta carrera necesita y simultáneamente con la evolución histórica de la historiografía, poniéndose énfasis en las variaciones de la metodología de esta ciencia, con el análisis simultaneo de textos que permitan identificar las variantes de la investigación y finalizando con el abordaje de la especialización histórica, donde se tendrá el espectro de las diferentes historias que hoy se construyen destacando en ellas sus nexos con la ciencia Geográfica, sus consiguientes metodológicas y la necesidad de arribar a la globalización.
Se busca con esto:
Conocer los elementos de análisis de la realidad histórica inserta en el espacio ejerciendo su capacidad de comprensión;
Lograr independizarse de la tutela del texto y habituarse a la búsqueda de datos y consultas de diversas fuentes y a la elaboración individual y colectiva de ese material;
Obtener una metodología de estudio y de trabajo científico básicos, adecuada al nivel de estudios que se hallan y al estado actual de la ciencia histórica, iniciándose en la elaboración y en la investigación personal;
Adquirir el vocabulario técnico de la materia mediante el tratamiento primario de los diferentes temas en el lenguaje cotidiano;
Identificar las características de las principales corrientes de historiografía universal y distinguirlas a través de la lectura crítica de los textos.
Lograr independizarse de la tutela del texto y habituarse a la búsqueda de datos y consultas de diversas fuentes y a la elaboración individual y colectiva de ese material;
Obtener una metodología de estudio y de trabajo científico básicos, adecuada al nivel de estudios que se hallan y al estado actual de la ciencia histórica, iniciándose en la elaboración y en la investigación personal;
Adquirir el vocabulario técnico de la materia mediante el tratamiento primario de los diferentes temas en el lenguaje cotidiano;
Identificar las características de las principales corrientes de historiografía universal y distinguirlas a través de la lectura crítica de los textos.
Problemáticas de iniciación a los estudios históricos
Conceptos, principios y generalizaciones
Teorías
Resolución de problemas y modos operativos
La historia como conocimiento
Teoría del conocimiento
Problemas para su estudio
Orígenes y posibilidades de conocimiento
Reflexión humana
Ciencia, su clasificación
Ciencias formales y fácticas
Ideologías
Teoría y praxis
La historia como ciencia, sociedad y tiempo
Aróstegui problematiza la investigación histórica, en su búsqueda por la sustancia de historiografía, o sea, a cerca de lo histórico. En su capítulo "Sociedad y Tiempo: la teoría de la historia" empieza por afirmar que historia es el tiempo que tiene en todo lo que existe y su temporalidad, la manifestación empírica en las cosas. Así lo social y lo histórico son inseparables, aunque no iguales. "El hecho de que la historia «encarna» en la sociedad y de que toda sociedad «tiene» historia es lo que produce una relación indisoluble entre esas dos realidades." (1995: 156)
La sociedad es el sujeto de la historia para él. La naturaleza y la sociedad no son contrapuestas, forman un continuo, y están siempre en movimiento. Así defiende la idea de cambio social y de sistema social (sociedad en abstracto + sociedades históricas concretas). "Lo histórico es una categoría que atribuimos a lo social, y se nos manifiesta universalmente a través del cambio de las formas sociales o (...) de los «estados sociales»." (1995: 158). La sociedad es entendida como un proceso dialéctico entre estructura y acción social (del individuo), entre permanencias y cambios. También entendida como un sistema social, no una realidad efectiva, sino una entidad compleja. El cambio social y el movimiento social son constantes históricas. El sistema social deviene de las modificaciones de los acontecimientos, está sujeto a la invención y es relaciona con el medio.
El hecho histórico
Biliografía
Aróstegui, Julio (1995) La investigación histórica: teoría y método. Barcelona: Crítica. (pp.153-203)
Bunge, Mario (1981) La ciencia, su método y su filosofía. Buenos Aires: Siglo XX. (Cap. 1-2)
Collingwood, R. G. (1982) Idea de la historia. México: FCE. (Epilegómenos 3)
Finley, Moses I. (1976) "Mito, memoria e Historia". En:___. Uso y abuso de la Historia. Barcelona: Crítica. (pp. 11-44)
Florescano, Enrique (2003) La Historia y el historiador. México: FCE. (pp. 63-88)
Heler, Mario (2009) Ciencia incierta. Buenos Aires: Biblos. (Cap. 2 y 4)
Klimovsky, G. y Hidalgo, C. (2001) La inexplicable sociedad. Buenos Aires: A.Z. (Cap. 1)
Le Goff, Jacques (1991) Pensar la Historia. Barcelona: Gedisa. (Cap. 3-5)
Topolski, Jerzy (1982) Metodología de la Historia. Madrid: Cátedra. (Cap.10, pp. 175-189)
Topolski, Jerzy (1982) Metodología de la Historia. Madrid: Cátedra. (Cap.10, pp. 175-189)
Vilar, Pierre (1982) Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona: Crítica. (pp. 17-42)
La operación histórica y sus instrumentos
El tiempo y lo histórico
La tripe estructura temporal y su relación activa
Los ritmos de la historia
Esquemas de periodización
Territorialidad de la historia
Bibliografía
Aróstegui, Julio (1995) "La Historia como atribución (sobre el significado del tiempo histórico)". En: Barros, Carlos (ed.) Historia a debate. Santiago de Compostela: Otros enfoques. (Tomo 3, pp. 35-49)
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Chesnaux, Jean (1984) ¿Hacemos tabla rasa del pasado? Buenos Aires: Siglo XXI.
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Topolski, Jerzy (1982) Metodología de la Historia. Madrid: Cátedra. (Cap. 22, pp. 457-460)
Vilar, Pierre (1982) Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona: Crítica. (pp. 51-59, 64-66 y 81-103)
Conceptualización en el campo histórico
El campo y el objeto de la historia
El sujeto de la historia
Deducción: entimemas y dilemas
Inducción: analogía, inferencia, causa
Ciencia e hipótesis
La explicación histórica
El azar
Objetividad y subjetividad en la historia
Utilidad del conocimiento histórico
Legalidad histórica
Causalidad histórica
Tiempo y espacio en la historia
Bibliografía
Bunge, Mario (1978) Causalidad, el principio de causalidad en la ciencia moderna. Buenos Aires: Eudeba.
Carr, E. H. (1983) ¿Qué es la Historia? Barcelona: Seix Barral. (Cap. 4)
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Cornblit, O. (1992) "Acontecimientos y leyes en la explicación histórica". En:___. Dilemas del conocimiento histórica: argumentaciones y controversias. Buenos Aires: Sudamericana, Inst. Torcuato di Tella. (pp. 253-271)
Chesnaux, Jean (1984) ¿Hacemos tabla rasa del pasado. Buenos Aires: Siglo XXI.
Finley, Moses I. (1976) Uso y abuso de la Historia. Barcelona: Crítica. (pp. 91-113)
Gibson, Quentin (1982) La lógica en la investigación social. Madrid: Tecnos. (Cap. 15)
Moradiellos, E. (2001) Las caras de Clio. Una introducción a la Historia. Madrid: Siglo XXI. (pp. 1-19, 49-84)
Pagés, Pelai (1985) Introducción a la Historia. Epistemología, teoría y problemas de método en los estudios históricos. Barcelona: Barcanova. (pp. 11-41, 73-101)
Pereira, Carlos et al (1984) Historia ¿Para qué? Buenos Aires: Siglo XXI. (pp. 9-127)
Popper, Karl (1982) Conocimiento objetivo. Madrid: Tecnos. (Cap. 4-5)
Topolski, Jerzy (1982) Metodología de la Historia. Madrid: Cátedra. (Cap. 11-12, pp. 190-235)
Klimovsky, G. e Hidalgo, C. (2001) La inexplicable sociedad. Buenos Aires: A.Z. (Cap. 2-4 y 10-12)
Preceptiva metodológica de la historia
Editar
Carr, E. H. (1983) ¿Qué es la Historia? Barcelona: Seix Barral. (Cap. 4)
Collingwood, R. G. (1982) Idea de la Historia. México: FCE. (Epigómenos 1-2)
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Klimovsky, G. e Hidalgo, C. (2001) La inexplicable sociedad. Buenos Aires: A.Z. (Cap. 2-4 y 10-12)
Preceptiva metodológica de la historia
Editar
La interdisciplinariedad como actitud metodológica
El proceso metodológico histórico
Las fuentes
Análisis crítico de las fuentes
Lenguaje y representación histórica
Historia y narración
Formas de hacer historia
Bibliografía
Apostel, Leo (1975) Interdisciplinariedad. México: Anuies. (Cap. 1)
Aróstegui, Julio (1995) La investigación histórica: teoría y método. Barcelona: Crítica. (pp. 251-268 y 335-357)
Bloch, Marc (1996) Apología para la historia o el oficio del historiador. México: FCE. (pp. 159-183 y 233-271)
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Cardoso, Ciro y Pérez Brignoli, H. (1984) Los métodos de la Historia. Barcelona: Crítica.
Cassani, J. y Pérez Amuchástegui, A. J. (1969) Las fuentes de la Historia. Buenos Aires: Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. (pp. 7-71)
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Chaunu, Pierre (1987) Historia cuantitativa, historial serial. México: FCE. (pp. 28-49)
Chesnaux, Jean (1984) ¿Hacemos tabla rasa del pasado? Buenos Aires: Siglo XXi. (Cap. 17-19)
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Klimovski, G. y Hidalgo, C. (2001) La inexplicable sociedad. Buenos Aires: A.Z. (Cap. 8)
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Vilar, Pierre (1974) Crecimiento y desarrollo. Barcelona: Ariel. (pp. 17-78)
Construcción de la historia a través del tiempo
Construcción de la historia a través del tiempo
Hannah Arendt Tv
#Biblioteca Iniciación al vocabulario del análisis histórico - Pierre Vilar
Biblioteca Virtual Praxis Investigación
La investigación histórica. Teoría y Método.Julio Aróstegui. 440 págs.
INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA
Gaby Martínez Hernández > Libros y temas de Historia en pdf y epub desde Apatzingán.
Fontana, Josep-Introducion al estudio de la Historia.pdf
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Poligrafías - Libros y más agregó una foto nueva al álbum LIBROS.
Georges Lefebvre
El nacimiento de la historiografía moderna
Atlas de México y el Nuevo Mundo agregó una foto nueva al álbum
FILOSOFÍA Y TEORÍA DE LA HISTORIA.
(pdf) LA ESCUELA DE LOS ANNALES. Ayer, hoy y mañana, por Carlos Aguirre Rojas. México: Editorial Contrahistorias; 2005, 190 p.
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Teoría de la historia
Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA
Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA
La investigación histórica. Teoría y método [1995]
Podría decirse que este libro es un producto de lo que se ha dado en denominar crisis de la historia. El mismo autor señala que es en épocas de dificultad para una disciplina cuando se produce un florecimiento de escritos de orden teórico y metodológico como el que tenemos entre manos. Es esa coyuntura particular la que impulsa a los historiadores a sacudirse su tradicional pereza teórica y permite la aparición de textos que a pesar de ello cabría calificar de atípicos y más en el panorama editorial de nuestro país. El propósito de Julio Aróstegui es el de contribuir al progreso de la disciplina, que razonadamente denomina historiografía con una reflexión poderosa que busca superar las constricciones impuestas por la posmodernidad aunque sean éstas las que a la postre limiten las indudables bondades de su escrito y que quiere, además, eliminar las inercias de una disciplina muy lastrada por su nacimiento en las afueras de las demás ciencias sociales. Superar el estado actual de disgregación de los fundamentos de la historiografía exige según el autor atacar el problema desde la propia formación que reciben los historiadores, por ello se dedica el libro a los estudiantes de historia y también por ello, probablemente, adquiere éste la estructura de un manual. Las carencias más importantes que Aróstegui detecta en la enseñanza que reciben los futuros profesionales de la historia se refieren a la «nula» preparación teórica y científica de los mismos y al también inexistente adiestramiento en el oficio de desentrañar la historia. Para contribuir a solventarlas divide Aróstegui su libro en tres partes fundamentales: en las dos primeras, dedicadas a dotar de un soporte teórico a la disciplina, analiza los condicionantes principales del conocimiento histórico, que cabe resumir en las dificultades de acceso a un conocimiento histórico y a una representación del mismo reputados como verdaderos. La tercera parte se centra en introducir los rudimentos del método y las técnicas de investigación histórica. Todo este esfuerzo cuenta con una particularidad que lo distingue de otros empeños semejantes y es el de que se realiza desde la historiografía, y no partiendo de la filosofía de la historia por ejemplo, lo que supone adecuarse más perfectamente a las necesidades de la disciplina y contar con sus fortalezas, al tiempo que reivindicarla; pero, añadiríamos nosotros, también obliga a arrostrar sus debilidades. Si uno de los empeños de Aróstegui era el de mostrar que una tal reflexión era posible creemos que lo ha logrado por entero o, lo que es lo mismo, hasta el extremo que era dable en el actual momento de la cultura. Sin embargo, un trabajo tan ciclópeo como el de poner sobre bases firmes la práctica de la historia probablemente no es alcanzable tan sólo desde la historiografía. Se hace preciso el concurso, junto con ésta, de otras formas de conocimiento como puedan ser la filosofía o el arte. Aróstegui quiere reorganizar la historiografía para que ésta sea capaz de producir explicaciones teóricas del movimiento histórico. Concibe, pues, un objetivo largamente perseguido y que ha caracterizado en buena medida a la modernidad. Comparte con ella la idea de totalidad, que, matiza, no contiene el conjunto de los hechos históricos sino una representación de los mismos construida por el historiador. Afirma, pues, la posibilidad de elaborar un discurso de la totalidad de la historia que debería evitar, no obstante, las explicaciones teleológicas. Un discurso semejante sólo podría construirse desde la voluntad de hacer de la historiografía una práctica científica. Por esto, una parte importante del libro se dedica a debatir el estatuto científico de la disciplina con el propósito de hacer de ella una más dentro del conjunto de las ciencias sociales. «La idea de una historiografía-ciencia -se reconoce en un pasaje del libro- ha perdido, a finales del siglo XX, gran parte de su fuerza y atractivo». Esta afirmación, que resulta crucial para el propósito del autor, contiene una realidad que no se explica a nuestro juicio de forma enteramente satisfactoria, por más que el libro destaque por enfrentar decididamente las cuestiones más candentes para la historiografía. Aunque se estudia la etapa de florecimiento de la investigación histórica posterior a la Segunda Guerra Mundial y su desorganización posterior por la influencia posmoderna no se realiza una atribución clara del fenómeno más allá de señalar la responsabilidad que en el mismo han tenido tanto una moda intelectual procedente de la filosofía y la crítica literaria como la propia crisis del marxismo. Y sin embargo, parece claro que una situación semejante no es imputable al propio desenvolvimiento de la disciplina, por lo que una reorganización de la misma nunca podría ser un remedio suficiente. Incluso cuando esa reorganización afecte al núcleo de los problemas que padece la historiografía en la actualidad y que Aróstegui sitúa correctamente en la representación del conocimiento histórico. El desafío planteado a los historiadores es conocido. Para una parte importante del pensamiento actual el discurso ficcional y el histórico son equiparables, sin que quepa reivindicar para el segundo un mayor contenido de verdad. Aróstegui reacciona contra estas posiciones vigorosamente. En su opinión lo que distingue ambos discursos es que el histórico, a diferencia del literario pongamos por caso, es además de narrativo, argumentativo y explicativo. El discurso histórico, reconoce, integra narraciones, pero no es un discurso narrativo sino argumentativo. La solución de Aróstegui al problema planteado por el pensamiento posmoderno nos parece formal. Depende exclusivamente de una definición restrictiva del concepto de relato que lo asimila a la narración. Otra forma de enfocar el problema podría ser hacer de la posibilidad de construcción de un discurso histórico verdadero algo no imputable al desarrollo de la disciplina sino a una determinada situación de la cultura en una sociedad dada. Los argumentos y explicaciones que, según el autor integran el discurso histórico habrían de representar una sociedad que, al menos a efectos del trabajo del historiador, es entendida como un sistema. Esto no significa negar la trascendencia de la acción humana, sino tan sólo proponer una determinada concepción de lo histórico que 10 hace depender precisamente de la tensión dialéctica entre acción y estructuras. Se trataría de construir un modelo de explicación que el autor denomina agencial-estructural y que trataría de evitar los excesos de las posiciones subjetivistas y estructuralistas. La explicación de un proceso histórico, dice el autor, no sería, según el modelo propuesto, otra cosa que la «demostración del grado de correlación existente entre las estructuras de una determinada situación social y la conciencia que tienen de ellas los sujetos que las integran para obrar en consecuencia». Con todo, y por más que se puedan reconocer méritos a la solución propuesta, dista de ser enteramente satisfactoria. Permanece en pie el problema capital de la forma en que se establece esa correlación por lo que la demostración de la misma se nos antoja muy dificultosa. Precisamente, la reclamación de la superioridad del marxismo para el análisis social e histórico se hacía porque éste proporcionaba una relación plausible entre sujeto y estructura que ahora nos parece cuando menos insuficiente. En definitiva, las operaciones críticas que Aróstegui somete a la práctica de la historia no pueden superar las determinaciones impuestas por la situación cultural del capitalismo tardío y son responsables de sus insuficiencias, pero ordenan el camino y hacen de la historiografía una disciplina mejor asentada. De forma que, de seguirse sus indicaciones. una deseable recuperación del saber histórico contaría en un futuro con una situación de partida más favorable para que la disciplina ocupe un lugar central dentro del conjunto de las ciencias sociales.
Podría decirse que este libro es un producto de lo que se ha dado en denominar crisis de la historia. El mismo autor señala que es en épocas de dificultad para una disciplina cuando se produce un florecimiento de escritos de orden teórico y metodológico como el que tenemos entre manos. Es esa coyuntura particular la que impulsa a los historiadores a sacudirse su tradicional pereza teórica y permite la aparición de textos que a pesar de ello cabría calificar de atípicos y más en el panorama editorial de nuestro país. El propósito de Julio Aróstegui es el de contribuir al progreso de la disciplina, que razonadamente denomina historiografía con una reflexión poderosa que busca superar las constricciones impuestas por la posmodernidad aunque sean éstas las que a la postre limiten las indudables bondades de su escrito y que quiere, además, eliminar las inercias de una disciplina muy lastrada por su nacimiento en las afueras de las demás ciencias sociales. Superar el estado actual de disgregación de los fundamentos de la historiografía exige según el autor atacar el problema desde la propia formación que reciben los historiadores, por ello se dedica el libro a los estudiantes de historia y también por ello, probablemente, adquiere éste la estructura de un manual. Las carencias más importantes que Aróstegui detecta en la enseñanza que reciben los futuros profesionales de la historia se refieren a la «nula» preparación teórica y científica de los mismos y al también inexistente adiestramiento en el oficio de desentrañar la historia. Para contribuir a solventarlas divide Aróstegui su libro en tres partes fundamentales: en las dos primeras, dedicadas a dotar de un soporte teórico a la disciplina, analiza los condicionantes principales del conocimiento histórico, que cabe resumir en las dificultades de acceso a un conocimiento histórico y a una representación del mismo reputados como verdaderos. La tercera parte se centra en introducir los rudimentos del método y las técnicas de investigación histórica. Todo este esfuerzo cuenta con una particularidad que lo distingue de otros empeños semejantes y es el de que se realiza desde la historiografía, y no partiendo de la filosofía de la historia por ejemplo, lo que supone adecuarse más perfectamente a las necesidades de la disciplina y contar con sus fortalezas, al tiempo que reivindicarla; pero, añadiríamos nosotros, también obliga a arrostrar sus debilidades. Si uno de los empeños de Aróstegui era el de mostrar que una tal reflexión era posible creemos que lo ha logrado por entero o, lo que es lo mismo, hasta el extremo que era dable en el actual momento de la cultura. Sin embargo, un trabajo tan ciclópeo como el de poner sobre bases firmes la práctica de la historia probablemente no es alcanzable tan sólo desde la historiografía. Se hace preciso el concurso, junto con ésta, de otras formas de conocimiento como puedan ser la filosofía o el arte. Aróstegui quiere reorganizar la historiografía para que ésta sea capaz de producir explicaciones teóricas del movimiento histórico. Concibe, pues, un objetivo largamente perseguido y que ha caracterizado en buena medida a la modernidad. Comparte con ella la idea de totalidad, que, matiza, no contiene el conjunto de los hechos históricos sino una representación de los mismos construida por el historiador. Afirma, pues, la posibilidad de elaborar un discurso de la totalidad de la historia que debería evitar, no obstante, las explicaciones teleológicas. Un discurso semejante sólo podría construirse desde la voluntad de hacer de la historiografía una práctica científica. Por esto, una parte importante del libro se dedica a debatir el estatuto científico de la disciplina con el propósito de hacer de ella una más dentro del conjunto de las ciencias sociales. «La idea de una historiografía-ciencia -se reconoce en un pasaje del libro- ha perdido, a finales del siglo XX, gran parte de su fuerza y atractivo». Esta afirmación, que resulta crucial para el propósito del autor, contiene una realidad que no se explica a nuestro juicio de forma enteramente satisfactoria, por más que el libro destaque por enfrentar decididamente las cuestiones más candentes para la historiografía. Aunque se estudia la etapa de florecimiento de la investigación histórica posterior a la Segunda Guerra Mundial y su desorganización posterior por la influencia posmoderna no se realiza una atribución clara del fenómeno más allá de señalar la responsabilidad que en el mismo han tenido tanto una moda intelectual procedente de la filosofía y la crítica literaria como la propia crisis del marxismo. Y sin embargo, parece claro que una situación semejante no es imputable al propio desenvolvimiento de la disciplina, por lo que una reorganización de la misma nunca podría ser un remedio suficiente. Incluso cuando esa reorganización afecte al núcleo de los problemas que padece la historiografía en la actualidad y que Aróstegui sitúa correctamente en la representación del conocimiento histórico. El desafío planteado a los historiadores es conocido. Para una parte importante del pensamiento actual el discurso ficcional y el histórico son equiparables, sin que quepa reivindicar para el segundo un mayor contenido de verdad. Aróstegui reacciona contra estas posiciones vigorosamente. En su opinión lo que distingue ambos discursos es que el histórico, a diferencia del literario pongamos por caso, es además de narrativo, argumentativo y explicativo. El discurso histórico, reconoce, integra narraciones, pero no es un discurso narrativo sino argumentativo. La solución de Aróstegui al problema planteado por el pensamiento posmoderno nos parece formal. Depende exclusivamente de una definición restrictiva del concepto de relato que lo asimila a la narración. Otra forma de enfocar el problema podría ser hacer de la posibilidad de construcción de un discurso histórico verdadero algo no imputable al desarrollo de la disciplina sino a una determinada situación de la cultura en una sociedad dada. Los argumentos y explicaciones que, según el autor integran el discurso histórico habrían de representar una sociedad que, al menos a efectos del trabajo del historiador, es entendida como un sistema. Esto no significa negar la trascendencia de la acción humana, sino tan sólo proponer una determinada concepción de lo histórico que 10 hace depender precisamente de la tensión dialéctica entre acción y estructuras. Se trataría de construir un modelo de explicación que el autor denomina agencial-estructural y que trataría de evitar los excesos de las posiciones subjetivistas y estructuralistas. La explicación de un proceso histórico, dice el autor, no sería, según el modelo propuesto, otra cosa que la «demostración del grado de correlación existente entre las estructuras de una determinada situación social y la conciencia que tienen de ellas los sujetos que las integran para obrar en consecuencia». Con todo, y por más que se puedan reconocer méritos a la solución propuesta, dista de ser enteramente satisfactoria. Permanece en pie el problema capital de la forma en que se establece esa correlación por lo que la demostración de la misma se nos antoja muy dificultosa. Precisamente, la reclamación de la superioridad del marxismo para el análisis social e histórico se hacía porque éste proporcionaba una relación plausible entre sujeto y estructura que ahora nos parece cuando menos insuficiente. En definitiva, las operaciones críticas que Aróstegui somete a la práctica de la historia no pueden superar las determinaciones impuestas por la situación cultural del capitalismo tardío y son responsables de sus insuficiencias, pero ordenan el camino y hacen de la historiografía una disciplina mejor asentada. De forma que, de seguirse sus indicaciones. una deseable recuperación del saber histórico contaría en un futuro con una situación de partida más favorable para que la disciplina ocupe un lugar central dentro del conjunto de las ciencias sociales.
[José Javier DÍAZ FREIRE. “Aróstegui, J., La investigación histórica: teoría y método, Crítica, Barcelona, 1995”, in Historia contemporánea (País Vasco), nº 13-14, 1996, pp. 506-509]
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